“En la mitad de un verano”: nou article de Ricardo Almenar sobre la COVID-19

Ricardo Almenar

Col·legi Oficial de Biòlegs de la Comunitat Valenciana

Hoy, lunes 11 de agosto, ha pasado ya la mitad del verano astronómico de 2020 y en lo que llevamos del mismo ha sucedido lo que a comienzos de junio -todavía en primavera- habíamos pronosticado como más verosímil: un remanso de aguas relativamente quietas frente a las tumultuosas habidas en aquella primavera. ¿Cómo relativamente quietas, inquerirá más de un lector, que va siguiendo día a día las cifras de los distintos brotes y de los múltiples contagios que telediarios, informativos radiofónicos y periódicos impresos o digitales detallan? Porque a juzgar por las noticias vertidas en todos ellos parecería, más bien, que nos encontraríamos en una repetición de lo sucedido en la pasada estación. Incluso peor.

Nada de eso ha ocurrido en realidad. Es verdad que desde el fin del confinamiento han aumentado -y mucho- el número de infectados por el SARS-COV-2. Pero sigue siendo una cantidad muy inferior a la alcanzada en el pico primaveral (1.567 positivos el 31 de julio frente al récord de 9.222 infectados durante el 31 de marzo, cuatro meses atrás), máxime teniendo en cuenta que a finales de julio se hacían dos veces y media más tests que a últimos de marzo. Mucho más ha caído la cifra de defunciones: si el 2 de abril se llegó al máximo con 950 defunciones, en la semana comprendida entre el 29 de julio y el 4 de agosto han sido solo 34 los decesos, siempre según cifras del Ministerio de Sanidad. O sea, redondeando las anteriores cifras: se están produciendo quince veces menos positivos en relación a los tests hechos y cerca de doscientas veces menos muertes diarias que en el culmen de la epidemia.

Pese al calor, el ultravioleta y la vida más al aire libre de los humanos la transmisibilidad del coronavirus no ha declinado, o no ostensiblemente. Ha debido disminuir, pero no tanto como imaginábamos. Lo que ha caído drásticamente ha sido su letalidad, porque han variado decisivamente los mayoritariamente infectados que hoy corresponden a la población calificable como de bajo y muy bajo riesgo de defunción. Esta es la clave que explica por qué la situación epidemiológica de este verano (al menos de su primera mitad) apenas tenga algo en común con la de la pasada primavera.

Pero al evaluar y comprender mejor la situación en que nos hallamos conviene que alcemos el vuelo para ver en perspectiva el desarrollo de la epidemia. “Los historiadores futuros”, apunta el también historiador Niall Ferguson, “pueden acabar diciendo que la mayoría de los países occidentales fueron demasiado lentos en la fase inicial, para terminar utilizando instrumentos muy drásticos como el confinamiento cuando la enfermedad ya se estaba transmitiendo rápidamente entre la población”. Algo parecido se ha insistido desde estas páginas sobre el caso concreto español: inacción en las primeras semanas y sobreactuación después, con la imposición del confinamiento y del parón de la actividad económica.

Pero el ministro Illa, erre que erre, sigue anclado en su habitual discurso. “¿Cómo se para la pandemia?”, se interrogaba con su sonrisa característica a finales de julio. “Con confinamiento”, se respondía, “y cuanto más duro sea el confinamiento antes la paras”. Puede ser, pero hay un problema. Y es que un confinamiento de la gente y la consiguiente parada de la economía no se pueden sostener. Es como matar moscas a cañonazos. Sí, los obuses matan moscas, incluso muchas moscas, pero dejan tras de ellos un paisaje irreconocible en su destrucción. Ahí está -aludiendo únicamente a la dimensión económica de esta destrucción- la caída en un 18,5% del PIB español durante el segundo trimestre de 2020 (22,1% en la Comunidad Valenciana), hundimiento sin parangón en la reciente historia española con la única excepción de la Guerra Civil (¡una guerra!).

Acaba siendo inevitable, pues, el desconfinar a la población y reactivar la actividad económica. Pero, ¿dónde, cuándo y cómo hacerlo? Los criterios epidemiológicos sirven de poco aquí, porque elegida la vía del confinamiento y el parón, lo único que pueden apuntar es a continuar ambas medidas. Algo enteramente inviable, así que el dónde, el cuándo y el cómo se dirimen en otros campos: en el terreno de lo económico, lo social, lo político y lo institucional. La salida de la anterior situación de excepcionalidad se convierte inevitablemente en la resultante de múltiples presiones y contrapresiones. Es inútil buscar coherencia en tal salida o intentar encuadrarla en una planificación burocrática pretendidamente racional.

Así se explica que la “desescalada” en España haya sido como ha sido. Desacompasada, irregular, caprichosa, contradictoria. Mientras algunas comunidades autónomas tardaban semanas en pasar de la Fase 1 a la Fase 3, otras lo hacían en 48 o 72 horas. Ahora sabemos que aquella ignota “comisión para la desescalada” constituida por diferentes expertos de los que no se quería dar sus nombres para evitarles presiones, no era ignota sino inexistente (y evidentemente, no se podía conocer lo que no existía). Se comprende, también, que el porcentaje de inmunizados de cada territorio no tuviera ningún papel en los criterios de desescalada, algo, cuanto menos, sorprendente. ¡Qué más daba!.

Y después de la desescalada ¿qué? Illa lo sigue teniendo claro. “¿Qué tienes que hacer cuando has controlado la epidemia? Pues detectar precozmente, vigilar y hacer seguimiento de los casos”. Ya lo decíamos en estas páginas: se trata de vigilar, testar, comprobar, identificar, aislar, y llegado el caso, confinar, para después desconfinar, y si todo sale bien, tornar a vigilar, testar, identificar y aislar, hasta volver a confinar si fuera necesario. Lo que bautizamos, páginas atrás, como el juego del gato y del ratón, en la que el felino es el virus y los roedores nosotros. Este es el juego en el que estamos participando este verano. Un juego repetitivo, cansino, inacabable y podo eficaz. ¿Hasta cuándo? “Hasta que, esperemos que dentro de poco, la ciencia nos alegre la cara con un remedio en forma de vacuna”, declaraba esperanzadoramente Pedro Sánchez el 31 de julio.

Pero tan solo tres días después, el 3 de agosto, el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreysus, advertía que por el momento no existía ninguna “bala de plata” -el único medio que tradicionalmente podía matar al hombre lobo, en nuestro caso al bicho asesino- “y puede que nunca la haya”, pese a los múltiples ensayos de vacuna actualmente en marcha. Puede parecer extremadamente pesimista esta observación, pero recordemos que en relación a la última pandemia habida de gran envergadura (el sida, que ha conducido a la tumba a más de 18 millones de personas), ¡sigue sin haber una vacuna frente al VIH!

Ni Ghebreysus, ni el autor de estas líneas, creen que tal escenario sea probable. Pero es posible. Así que, prudentemente, deberíamos asumir el viejo lema de esperar lo mejor, pero prepararse para lo peor. Aunque nos parezca muy improbable, quizás nunca contemos con una vacuna. O al menos, una suficientemente eficaz y segura. Preguntémonos entonces, ¿qué podemos actualmente hacer?

Según la posición oficial, continuar con lo mismo. Seguir controlando, testando, identificando y aislando a todo contagiado, sintomático o asintomático. Una y otra vez, ad nauseam. Porque según el planteamiento compartido por las actuales autoridades sanitarias, estatales y autonómicas, las nuevas infecciones deber ser evitadas a toda costa. Pues infectarse es malo para el individuo e infectar, lesivo para la población. Hay que ir hacia el contagio 0. Ese es el objetivo final. Pero, casi con total seguridad, algo inalcanzable hoy por hoy.

Hay una salida frente a este poco atrayente camino. Es dar un verdadero “giro copernicano”: en lugar de considerar al contagio como el centro del problema, convertirlo en parte de la solución. Porque contagiarse y contagiar no es algo necesariamente negativo para el individuo y la comunidad, siempre que se cumplan tres requisitos a los que reiteradamente hemos hecho mención en estos ensayos.

La primera condición es que el infectado desarrolle inmunidad (bien sea por anticuerpos o por inmunidad celular) durante un tiempo razonablemente prolongado y con unos niveles de respuesta adecuados frente a una posible reinfección. Si esta inmunidad individual alcanzara a la gran mayoría de miembros de la población se lograría una inmunidad colectiva que detendría prácticamente la epidemia.

El segundo requisito es que el contagio no se produzca en personas calificadas de alto riesgo, fundamentalmente las de mayor edad y aquellas otras que con independencia de la misma presenten graves patologías previas. La infección de una de estas personas de alto riesgo supondría un notorio peligro para su salud e incluso para su vida.

La tercera condición es que los contagios que se produzcan, por contra, en personas de bajo y muy bajo riesgo de muerte (el resto de la población) no se realicen de forma explosiva -lo que sería su evolución “natural”- sino que se modulen espacial y temporalmente a fin de evitar colapsos en el sistema sanitario que pese a la poca gravedad relativa de la COVID-19 en esos segmentos de población podrían acabar dándose.

De manera paradójica, y sin ningún propósito ni explícito ni implícito de seguir esta estrategia alternativa frente a la epidemia, la situación que se ha vivido en España durante la primera mitad de este verano de 2020 parece aproximarse en alguna medida a la esbozada como deseable según los tres anteriores requisitos. Pese a algunas dudas que han llegado a surgir, todo apunta a que los nuevos infectados desarrollan un mayor o menor grado de inmunidad aunque seguimos sin saber durante cuanto tiempo. De otro lado, la gran mayoría de las infecciones que se están produciendo se centran en personas de muy bajo riesgo: hasta un 70% han ocurrido durante esta segunda semana de agosto en sujetos de menos de 30 años (3ª condición). Esta es la principal razón de que desde que comenzó el verano, según el Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades, España ha pasado tras Malta e Islandia a tener la tasa de letalidad aparente -fallecimientos respecto al total oficial de infectados- más baja de Europa: 0,3% (en primavera se situaba en un 11,5%). Ahora bien, el segundo requisito, por su parte, está empezando a no cumplirse. Hay ya múltiples focos en residencias y ello explica, al menos parcialmente, que la mortalidad haya crecido casi al doble entre la primera y la segunda semana de agosto (los 34 fallecidos entre el 29 de julio y el 4 de agosto han asado a ser 64 entre el 5 y el 11 de agosto). De seguir esta progresión, la situación se complicaría y mucho.

Acabemos con una última observación. Como el virólogo Adam Kucharski precisaba a finales de julio en relación a las diferentes estrategias posibles frente a la epidemia, “ni siquiera hablaría de la mejor opción, sino más bien de la menos mala de las opciones”. “Porque todos los escenarios”, añadía, “tienen cuantiosas consecuencias negativas”. Todas las opciones, incluida la nuestra, la tienen, ciertamente. Pero, recordemos algo obvio: nunca hay una sola vía para encarar una problemática compleja. Descendiendo a nuestro tema, no hay, consiguientemente, una única opción para afrontar cualquier epidemia. Ahora bien, ninguna está exenta de sufrimiento y de lo que se trata es de comparar el que genera cada una de ellas con el fin de que ese inevitable sufrimiento acabe siendo el menor posible.

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