“Coronavirus: tras el verano llegará el otoño” Article de Ricardo Almenar

CORONAVIRUS: TRAS EL VERANO LLEGARÁ EL OTOÑO

Ricardo Almenar
Col·legi Oficial de Biòlegs de la Comunitat Valenciana

05.06.2020

¿Qué nos depararán los próximos meses respeto a la COVID-19, esa epidemia que se ha convertido en protagonista indiscutible de la vida social y económica de este país? Además de muy posibles rebrotes más o menos localizados, en lo que resta de primavera y tras un verano que será seguramente benigno desde el punto de vista epidemiológico (la radiación ultravioleta, las altas temperaturas y la vida al aire libre favorecerán grandemente tal benignidad) el próximo otoño -o en todo caso, el próximo invierno- traerá probablemente una segunda ola de la epidemia. Lo esperable es que en esta segunda ola, el SARS-COV-2 mantenga su transmisibilidad pero disminuyendo, al menos en alguna medida, su letalidad. Este sería el comienzo del fin de la epidemia si se conjuntara con una proporción sustancial de población previamente inmunizada (que crecería a su vez grandemente como efecto de esa segunda ola).

Desafortunadamente esa proporción sustancial no existirá. Y esto que no es -digan lo que digan las autoridades sanitarias- una buena noticia puede convertirse en una noticia aún peor. ¿Por qué? Supongamos que conservando su transmisibilidad nuestro coronavirs, en lugar de disminuir, aumente su letalidad. No es lo más probable en un virus que muta relativamente poco, pero es perfectamente posible. De hecho, tenemos un precedente: el virus de la gripe de hace un siglo, un virus tipo A, subtipo H1N1 que provocó la llamada gripe española (the spanish flu, the spanish lady). Aparecida la epidemia a finales del invierno de 1918 en Norteamérica, las tropas expedicionarias estadounidenses la trajeron a Europa a comienzos de la primavera y en mayo se propagó por España en donde, por no existir censura militar, los medios impresos difundieron su llegada (de ahí el adjetivo de española). La enfermedad se extendió a través de las grandes líneas de ferrocarril (no por líneas aéreas, claro está, como el SARS-COV-2) y provocó un fuerte brote infeccioso en el interior de la Península, con Madrid como centro, durante mayo de 1918. Pero si esta primera oleada era realmente benigna, la situación viró drásticamente cuando después de un verano casi sin actividad el virus mutó a finales de ese estío aumentando grandemente su letalidad. De hecho, el 75% del total de muertos provocados por la epidemia en España se produjeron en el siguiente otoño y un 45% en un único mes: octubre. La cifra global de fallecidos oficialmente reconocidos entre 1918 y 1920 fue de 186.000; si incluimos las muertes extraoficiales ascendería a unos 260.000 (un 40% más).

Es interesante destacar el hecho de que si bien Madrid fue una provincia particularmente castigada por la epidemia (aunque menos que otras provincias castellanas) en su primera ola (primaveral), durante la segunda ola (otoñal) la mortalidad en Madrid fue notoriamente inferior a la sobrevenida en otras provincias (como Barcelona, por ejemplo). Quienes se infectaron en la primera oleada de la epidemia pudieron considerarse afortunados: pocos murieron por la escasa letalidad de esa oleada, pero volvieron a morir pocos en la segunda (mucho más mortífera) gracias a los anticuerpos que habían generado en la oleada anterior y que seguían siendo -pese a la mutación del virus- mayor o menormente efectivos. Después hubo una tercera oleada de gripe en el invierno de 1919 con mucha menos mortalidad que la del otoño precedente. El virus volvió en 1920 pero encontró una población grandemente inmunizada; llamativamente se cebó en los menores de dos años que carecían de inmunidad. Finalmente, el virus desapareció en 1921 de España y dos años después del mundo entero.

Si el coronavirus SARS-COV-2 siguiera los pasos de aquel virus de la gripe A/H1N1 y se volviera más letal en una segunda oleada, la inmunidad conseguida en su primera oleada de un 5% apenas nos serviría de nada (algo en el caso de Madrid y provincias cercanas en las que, según el macroestudio de seroprevalencia, la inmunidad se sitúa entre el 10% y el 15%). Menos mal que el coronavirus de la COVID-19 muta, al parecer, muchísimo menos que los virus de la gripe, porque de ser como estos últimos podría muy bien ocurrir que el próximo otoño se convirtiera en el otoño más sombrío de las últimas décadas. No es probable que ocurra, afortunadamente, pero esta digresión histórica nos ha servido para ilustrar los riesgos de una baja inmunidad colectiva. Por cierto, quizás esta inmunidad de grupo sea más alta que lo apuntado por la encuesta de seroprevalencia. Es muy posible que anticuerpos producidos tras la infección de otros coronavirus -los causantes de buen número de procesos catarrales- puedan conferir algún grado de inmunidad frente al SARS-COV-2: nos hallaríamos así en un caso particular de lo que se conoce como inmunidad cruzada. Se ha sugerido, por ejemplo, que la resistencia de los niños a sufrir COVID-19, y su prácticamente nula mortalidad por la misma, respondería a los anticuerpos generados por los frecuentes catarros que padecen y que, aunque no específicos respecto al coronavirus responsable de la actual epidemia, ayudarían en cierta medida a minorarla.

Por lo demás, algunos expertos en salud pública habían expresado sus temores de que, tras la superación de la COVID-19, los otrora infectados no desarrollaran anticuerpos o lo hicieran a un bajo nivel. De ser así, la inmunidad colectiva no se produciría o lo haría deficientemente. Pero no parece que sea este el caso. En la primera mitad de mayo, un estudio realizado en el hospital Mount Sinai de Nueva York concluía que más del 99% de una muestra de personas con infecciones confirmadas -incluso leves- del SARS-COV-2 tenían anticuerpos específicos contra este coronavirus. Cierto que no sabemos cuánto durarán y en qué porcentaje serán efectivos ante hipotéticas reinfecciones (sí conocemos que respecto a los dos coronavirus hermanos del actual, el SARS-COV y el MERS-COV, los anticuerpos permanecieron años después de la primera infección). Bien, se puede creer o no en la inmunidad de grupo como estrategia frente al actual coronavirus, pero lo que no cabe creer es en la inexistencia de tal inmunidad.

Ahora bien, a los que defendemos el valor presente -y sobre todo futuro- de una significativa inmunidad colectiva, nos ha caído desde la comparecencia de Pedro Sánchez el pasado 16 de mayo todo un sambenito: el de los 300.000 muertos adicionales que en España habría acarreado nuestra propuesta. Un auténtico sambenito, ese escapulario que a los penitentes reconocidos imponía la Santa Inquisición. Gracias al espantajo de los 300.000 muertos se justifica, además, el propio estado de alarma. 300.000 muertes, ¿quiere Vd. más razones? Vaya, no cabe duda de que es una cantidad ciertamente respetable, más de los presumiblemente 260.000 que fallecieron en la gripe de hace un siglo con la diferencia de que estos murieron en tres años y aquellos se hubieran producido en tres meses.

No obstante, el catastrofismo de las muertes anunciadas por el Gobierno ha sido superado por las fúnebres previsiones de algún gobierno autonómico. Como las realizadas por el Consell de la Generalitat Valenciana, a través de un estudio liderado por la alta comisionada de la Generalitat para la Inteligencia Artificial y la COVID-19, Nuria Oliver, que a través de un concienzudo análisis de movilidad de la red de telefonía móvil ha concluido que el confinamiento derivado del estado de alarma durante marzo y abril ha salvado la vida entre 42.000 y 59.000 valencianos. Para llegar a semejante mortandad, el referido estudio parte de la drástica caída de la movilidad acontecida en las semanas de confinamiento, caída que -según los autores del estudio- evitó, junto a otras medidas de contención de la epidemia, entre 428.000 y 556.000 contagios. ¡Vaya! Con esos números de infectados y fallecidos, la tasa de letalidad de la COVID-19 estaría comprendida entre el 9,8% y el 10,6% (media 10,2%), formidable letalidad que dejaría pequeña la tasa alcanzada en España por la gripe de 1918-20. El cálculo está mal hecho, claro. Han partido del número de infectados confirmados por tests, que solo es una pequeña fracción de los infectados reales (12.800, cuando se hizo el estudio, frente a los aproximadamente 125.000 que da la macroencuesta de seroprevalencia para la Comunidad Valenciana). En realidad y con las mismas estimaciones de infectados del estudio de la Generalitat, las muestras adicionales habrían estado comprendidas entre 4.400 y 5.700, ¡diez veces menos!, porque la tasa de letalidad no ha sido del 9,8% o del 10,6%, sino del 1% cuando se tiene en cuenta, no los infectados testados, sino el total de infectados según la macroencuesta. Una pequeña desviación, ciertamente: solo de un 900%. Ya ven, un estudio que parecía tenerlo todo: redes de telefonía, inteligencia artificial, big data… y un desastre en sus conclusiones.

Tras reiteradamente insistir en el escaso porcentaje de población inmunizada y las mortandades que hubiera conllevado elevar ese porcentaje, las autoridades estatales y autonómicas afrontan los próximos meses con plena fe en la estrategia que eligieron desde el principio, la del contagio cero. Así que lo que nos espera es una inacabable secuencia de actuaciones: vigilar, testar, comprobar, identificar, aislar y llegado el caso, confinar, para después desconfinar, y si todo sale bien, volver a vigilar, testar, identificar y aislar, hasta volver a confinar si fuera necesario. Un ininterrumpido juego del gato y del ratón, que proseguirá, según dicen, hasta que la vacuna nos salve. Un juego en el que, no nos engañemos, el gato es el virus… y los ratones somos nosotros. Hoy por hoy, el gato es un felino urbano que aunque conserva sus impulsos cazadores no es mayormente fiero. Caso de que fuera sustituido por un gato rural, bregado en mil cacerías, dueño y señor de desvanes, cámaras y pajares, la situación se pondría muy fea para los ratones…

Confiemos en que esto último no ocurra. Por de pronto, vamos camino del verano. Como la viróloga Isabel Sola declaraba a comienzos de mayo, “con el verano, más luz y temperaturas más altas impedirán que [el coronavirus] se transmita con tanta facilidad, y eso jugará a nuestro favor. Y si el virus”, continuaba, “emerge en el próximo invierno, habrá personas que tengan inmunidad”. Sí, pero pocas. El 5% detectado no da para mucho. Aunque de momento es lo único con lo que contamos. Muy posiblemente el verano será, en relación a la epidemia, un remanso de aguas quietas después de las tumultuosas de esta primavera. Pero tras el verano llegará el otoño. ¡Que la diosa Fortuna, siempre circunstancial y variable, nos favorezca entonces!

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