Técnicas de laboratorios de biología han sido claves para el proyecto ‘Salvem les fotos’
El uso de técnicas propias de laboratorios de biologia ha sido clave para desarrollar el proyecto ‘Salvem les fotos’, una iniciativa que ha tratado 350.000 imágenes afectadas por la Dana durante 15 meses. El trabajo de hasta 130 voluntarios y la implicación de sus profesoras ha sido decisivo para recuperar la memoria gráfica de miles de afectados por la inundación.
‘Salvem les fotos’ es una iniciativa de la Facultad de Bellas Artes de San Carlos de la Universitat Politecnica de Valencia que surgió espontáneamente gracias al impulso de los alumnos de Esther Nebot, profesora del departamento de Conservación y Restauración de Bienes Culturales, que habían terminado el curso de conservación de imágenes fotográficas apenas unos días antes de la Dana que asoló el sur de la ciudad de Valencia en octubre de 2024. La inundación arrastró por las calles álbumes familiares, fotografías enmarcadas y cajones repletos de instantáneas que inmortalizaban momentos señalados en las vidas de sus propietarios. Los alumnos que eran vecinos de las localidades afectadas chapoteaban desesperados entre fotografías anegadas, los mismos soportes de imagen que les habían enseñado a proteger, hasta que Bellas Artes invitó a los afectados a entregar sus fotos dañadas para intentar recuperarlas, para conservar la memoria.
Vecinos que habían visto correr las imágenes de su vida al capricho del agua entregaron 350.000 fotografías más o menos dañadas a los voluntarios que se ofrecían para intentar recuperarlas. La primera tarea fue identificar al propietario de cada álbum y cada imagen. Se ideó un código alfanumérico para asociar cada foto a su propietario.
Las fotos llegaban cubiertas de fango y húmedas, con restos vegetales entreverados. Las fotos, una mezcla de albúmina, gelatina y papel, eran el perfecto caldo de cultivo para hongos y bacterias de toda índole. La protección medioambiental de los documentos gráficos era primordial. La intervención de Pilar Bosch, licenciada en Ciencias Biológicas y profesora del departamento de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de la Facultad de Bellas Artes, fue decisiva. Los voluntarios se encontraron con lotes de hasta un centenar de fotografías adheridas entre sí. Para separarlas y limpiarlas simultáneamente se recurrió a un tensoactivo aniónico de uso habitual en la industria fotográfica, a otro tensoactivo no iónico y a glicerina.
Una vez separadas, hubo que secarlas. Se colocaron los originales entre papel secante y cartón y se dispusieron para ser ventilados. El volumen de material obligó a disponer los paquetes en congeladores. El Grupo Español IIC prestó media docena, un particular, otros dos, así hasta la docena de congeladores que conservaron el material mientras los entre 80 y 130 alumnos y voluntarios que participaron en el rescate actuaban sobre cada fotografía.
Bosch explica que para terminar la limpieza había que tratar las fotos pero sin humedecerlas: “Recurrimos a unos difusores por impulsos de ultrasonidos y aplicamos sobre las imágenes aceites esenciales. El que mejor funcionaba era el de orégano”. El equipo compró varios difusores de los que se usan en aromaterapia o para ambientar y, una vez impregnadas las fotos, los voluntarios trataban cada foto con hisopos, algodón, para eliminar impurezas. Surgió un problema. Los voluntarios, jóvenes en su inmensa mayoría, sentían un intenso aroma a pizza y “les entraban ganas de comer”, asegura Nebot.
Las organizadoras del equipo de trabajo, con Pilar Soriano, subdirectora del departamento de Conservación, a la cabeza, lograron contratar en prácticas a todos los voluntarios y el reconocimiento académico de sus servicios.
Nebot explica que en muchos casos sólo pudieron recuperar la imagen digitalizada de muchas fotografías, “la memoria”, porque los soportes estaban muy dañados. “Cuando una fotografía se deteriora mucho, la última capa que sobrevive es de color amarillo”, detalla. Así, muchas fotografías que se han recuperado tenían manchas amarillas en los bordes o en algunas zonas.
Una vez digitalizadas, en colaboración con VRAIN se esta desarrollando una herramienta para restituir los faltantes de las fotografías que llamaron Rebrot. Entre las instrucciones que sigue el instrumento es clave suprimir las manchas amarillas. En la inmensa mayoría de los casos los resultados son magníficos, pero también surgen sorpresas. El grupo de amigos que muestra orgulloso a la cámara la paella que acaban de preparar y que se disponen a comer se encuentra que, tratada por Rebrot, la protagonista central de la foto desaparece: la paella es amarilla, luego debe ser eliminada.
Después de 15 meses de trabajo, miles de vecinos afectados por la Dana han logrado recuperar las imágenes que guardaban momentos claves de sus vidas. De 350.000 imágenes documentadas, se han extraviado apenas una decena. Todo el trabajo se ha sufragado con aportaciones particulares. El chef José Andrés pagó los soportes en los que se han entregado las fotos a los afectados, álbumes sencillos y neutros. Cada foto se ha fijado sobre papel con soportes en cada esquina. La Fundación Barreiros aportó en un momento en que las organizadoras del trabajo creían que iban a tener que detenerlo. El coste final ha sido reducido, pero sólo porque el tiempo regalado por los alumnos y sus profesoras ha sido esencial.